LA RAREZA Y LA ASIMILACIÓN

Loty negarti & Roco Leni 

publicado en el numero D(desorden) de la revista SOLïLOQUïO

 



El que lo niega todo y se autoriza a matar, Sade, el dandi asesino, el Único implacable, Karamázov, los defensores del bandido desenfrenado, el surrealista que dispara a la multitud, reivindican, en suma, la libertad total, el despliegue sin límites del orgullo humano. El nihilismo confunde en la misma rabia a creador y a criaturas. Suprimiendo todo principio de esperanza, rechaza todo límite y, en la ceguera de una indignación que no distingue ni siquiera sus razones, acaba juzgando que es indiferente matar lo que ya está destinado a la muerte.”

Albert Camus, El hombre rebelde


Y si estamos en un mundo en el que todo está destinado a la muerte, donde el nihilista (diletante, institucional o de vanguardia) asoma como el más peligroso protagonista de la época, todos los cálculos apuntan a una vida criminal. Morimos de nihilismo. Se ha ido desdibujando, al ritmo de los acontecimientos técnicos, económicos y políticos, todo valor que pueda regir y orientar la acción moral.

No es posible la amoralidad, toda persona que se mueve, que actúa tiene una moral. Lo que puede haber es ausencia de ética, de reflexión crítica sobre el comportamiento, sobre la moral. Todo tiempo social tiene una moral dominante. En el nuestro reina a sus anchas el nihilismo, o lo que es lo mismo, la estúpida creencia de que no hay valores mejores y peores, ni posibilidad de esclarecer el significado de los mismos ni de abordar críticamente su análisis y su significado. Se ha ido terminando con una idea más o menos sólida de Dios (lo hemos encontrado muerto en nuestro tiempo pero arrastramos aún su pesado cadáver) y junto con ella la de una jerarquía de valores que rijan la acción. Se ha pasado a extender la creencia de que estamos libres de moral, que ya no necesitamos de reglas ni criterios para la acción. Esta flagrante mentira es la perfecta premisa para la dominación total de las vidas a manos de la ideología.


Hay pensamiento crítico o hay opinión, no valen los intermedios supuestamente neutrales.


El nihilismo acecha y se extiende en el terreno de la opinión, ampliando las creencias infundadas, los miedos, los deseos inducidos por intereses de poder. El pensamiento crítico (el que pregunta, el que cuestiona, el que sospecha y remueve) ataca el nihilismo. El juicio ahoga la opinión. La opinión se convierte, el juicio se transforma progresivamente sobre fundamentos revisables. Los fanáticos se convierten, los convertidos acostumbran al fanatismo, los críticos cuestionan, responden, investigan. El mundo social (político) se sustenta en estructuras, las estructuras críticamente erigidas son fuertes, las estructuras de la opinión son inestables, indecisas, arbitrarias y generalmente impuestas por algún tipo de fuerza fascistoide.

Se puede vivir de varias maneras hoy. Creyendo en lo que nos dice la voz unidireccional (espectáculo) o sospechando de ella. En esa tarea alguien puede equivocarse, ser seducido, caer en el engaño, desengañarse. Reconocer eso no debería llevarnos a la vergüenza. Se puede ser débil, se puede pasar por momentos de debilidad y esto es propio de la especie. Lo más importante es reconocer el valor del pensamiento como herramienta para liberarnos, para conseguir autonomía (individual pero dentro de grupos a un tiempo), como capacidad para establecer principios y formas de acción y vida. A la justicia se llega por medio del pensamiento, por medio de la tarea crítica y política entre todos los miembros del grupo. La situación de justicia lograda por casualidad es siempre un despropósito. De darse sería inestable. Se trata de tener los medios propios para llegar a ella. Es como tener un pez o los recursos para poder pescarlo cuando se requiera alimento (la caña, la red y sus técnicas). Esos medios están en el pensamiento que no se detiene, que cuestiona, revisa y sospecha. Hay que luchar en favor del pensamiento, luchar contra la opinión, contra la ceguera. Ésta suele casi siempre servir a los dominadores para cometer la injusticia.


El nihilismo contemporáneo es la forma moral más patética y lamentable. Sustenta la vida banal y perpetúa el orden ideológico y decadente del capitalismo. En su seno alberga algo paradójico, pretende no tener valores, no creer en nada, y sin embargo el nihilista medio se alimenta de valores. Cree en el individualismo, en sí mismo, en el hedonismo (procurándose placeres inagotables acaba su tiempo), y por supuesto en sí mismo como algo aislado del resto social, independiente y poderoso.

Las manifestaciones sociales que se dan de apatía política y de desinterés e indiferencia radicales por la dignidad del otro son diversas en la sociedad. Pero todas comparten una raíz común y todos sus agentes encajan a un perfil similar. Varios rostros y un mismo espíritu.


De entre todos los seres contemporáneos, uno de los más catastróficos, de los más perniciosos para cualquier proyecto activo de cambio es el encarnado en la figura del “friki”. Este se presenta como el más ambiguo de todos los nihilistas, esquivo en sus posicionamientos, siempre neutro. Bajo la repetida técnica de la ironía alimenta la banalidad creando un valor añadido a la cultura basura representativa de nuestro tiempo de caída irreversible. Desde el consumo compulsivo del que hoy se sabe que constituye un suicidio ecológico y una forma vacua de sentido de la existencia, hasta las diversas actitudes gregarias y por qué no, fanáticas, del ocio de masas. “Lo friki” consiste en una forma de estar en el mundo social de producción de excedente y derroche alimentándolo y amplificándolo desde el plano de la estetización permanente y nihilista.


Por supuesto, toda esa mediocridad pretende sublimarse pasando al nivel secundario e irónico del arte. Pero es igual de nulo y de insignificante en el nivel secundario que en el primer nivel. El paso al nivel estético no salva nada, todo lo contrario: es una mediocridad elevada al cuadrado.”

Jean Baudrillard “El complot del arte”, revista Lapiz nº 187/188


Y lo mismo que algunas manifestaciones artísticas, nuestro protagonista se mueve amplificando al cuadrado la mediocridad de la cultura basura en el juego pretendidamente inocente, pero cómplice, de la superespecialización en parcelas específicas de la producción de cultura pop vacía de contenido y llena de actitud.


Lo cierto es que si bien eso que conocemos como “friki”, raro, jactanciosa y explícitamente “raro”, “diferente”, es una de las expresiones de la banalidad contemporánea más notoria, no es menos cierto que no hace más que compartir rasgos morales con el resto de la sociedad, o sea que tan raro no es. La notoriedad es otro de los aspectos relevantes de la moral contemporáneai. Es de esta moral propio, prescribir notoriedad de manera universal. Ser diferente, pero siendo igual en lo sustancial, consumir de uno u otro modo, y serlo siendo públicamente visible por una sociedad sin miembros y con individuos, todos en pos del reconocimiento de un otro desaparecido en esa universalidad prescrita.


La moral “friki” representa muy bien a una sociedad así, cada vez menos cohesionada en la que la normatividad prescribe relaciones clientelares fragmentadoras que no vinculan más que a uno consigo mismo (desvinculándolo de sí mismo al mismo tiempo, alienándolo sin los demás de sí mismo, presentándose raro a sí mismo en ausencia del resto de otros que lo hacen ser él) y en las que por principio el otro desaparece. La paradoja resulta trágica, ya que con su desaparición, la del otro y su irreductible diferencia, la base de la democracia desaparece, a saber, la responsabilidad. Y no se debe olvidar que es la democracia la que hace posibles expresiones tan estériles e individualistas como éstas. Pero además, esta desaparición arrastra en su caída el motor de la democracia misma y la razón del pacto, la justicia. La voluntad no es ya apelada por el otro, por el juicio que encuentra en el otro su posibilidad, sino por una mismidad fracturada, enferma y por encima de todo injusta, además, claro, de sola. Sin responsabilidad y sin justicia no es posible concebir la democracia. No hay pueblo que gobierne ni soberanía que resida en su seno, porque no hay más seno que el mamario para regocijo del negocio del placer enajenante, de la inmediatez que por principio nada es.


Lo que resulta realmente grotesco de todo este fenómeno superficializador de la subjetividad, además de lamentable, es que se dé en el seno de la universidadii. Justamente allí donde debería emerger un espíritu crítico, un sujeto comprometido con el pensamiento en aras a la consecución de la justicia, un sujeto moral que se hiciera responsable del otro, justamente allí se manifiesta su más fiero enemigo, el “Friki”. Bien es cierto que la universidad está totalmente vaciada de expresiones públicamente críticas con la cultura, pero esto no hace sino apuntar en el mismo sentido de degradación intelectual generalizado. El friki representa la versión actualizada del mísero estudiante ansioso por entrar a reproducir el mundo fatal del circo mercantil.



Ante el carácter miserable, fácil de presentir, de este futuro más o menos próximo que lo "resarcirá" de la vergonzosa miseria del presente, el estudiante prefiere volverse hacia su presente y decorarlo con encantos ilusorios. La misma compensación es demasiado lamentable como para que atraiga; los días que sigan no serán alegres y, fatalmente, se sumergirán en la mediocridad. Por ello se refugia en un presente vivido irrealmente. [...] Todos los valores e ilusiones que constituyen el orgullo de su mundo cerrado, están ya condenados en tanto que ilusiones insostenibles... .”

Sobre la miseria de la vida estudiantil.


Quede claro que aquel al que nos referimos como friki, no es quien comparte una afición con otro u otros cuando esta afición no constituye más que la excusa para compartirse. El friki objeto de ésta es quien presenta su indiferencia en un envoltorio esteticista y quien con la misma vestimenta llamativa se resigna y acepta lo injusto como ineluctable. Esto le permite seguir con el teatro de una vida, la suya, de la que ha dejado de ser protagonista, de la que ha sido desplazado por el espectro del olvido del otro en él. El friki de ésta, es ese fantasma deseante sin más sentido que el de seguir deseándose.

Es preciso insistir en que el “friki” pseudointelectual no es una individualidad novedosa, que lo que resulta inquietante es que esta moral narcisista tenga tanta capacidad de vinculación que pueda arraigar en un contexto tan, a priori, hostil para sus intereses como es el universitario.


Elaborar una diferencia crítica, una subjetividad conmocionadora y éticamente admirable e intelectualmente comprometida, implica pagar un tributo, el sentido de la experiencia de la vida así lo exige. Lo que no es razonable, y es propio del friki, es pretender ser diferente sin cuestionar y de facto haciendo suya, la moral de un contexto cuyo objeto es satisfacer las demandas (impuestas) del principio de placer, a través del principio de consumo hasta la frustración. Todo lo humano es claroscuro, es contraste; todo placer para ser experimentado, ha de rendir previa pleitesía a alguna forma de dolor. Es la oscuridad del dolor la llave de una luz necesaria para un vivir satisfactorio. Pero a su vez, lo oscuro, en cómplice hermandad con la luz, da tiempo a la vida para así ser pensada, para ser hablada y escuchada, para ser ética. La voz, el otro, la otra, lo otro, cuando en el tiempo dialogado es escuchado, conmociona, da sentido unitario a la experiencia y concierne tanto como vincula. Este saber ha de serle presumido al intelectual, ya sea notoriamente friki, jactanciosamente rarillo, como algún estereotipo televisivo - Gregorio Casa, ya se presente serio pero contradictoriamente opulento, exótico viajero y consumidor habitual de finas delicatessen.

Entendemos que la práctica del monólogo colectivo, perversión del diálogo operada por el frikismo, por el vacuo intelectualismo, y con forma de guión cinematográfico delirante, al estilo Woody Allen, (en el que nadie se escucha, ni se compromete a nada sino todo pura exposición y alarde de conocimientos en productos de consumo mezclados, eso sí, con ligeros tintes de cultura seria y solemne) debe de constituir una experiencia de onanismo intelectivo muy excitante. Pero es preciso advertir que se trata de una práctica totalmente egocéntrica, es decir solitariaiii, lo que al fin la convierte en poco satisfactoria eróticamente y nada enriquecedora intelectualmente.

Lo que queremos decir es que cuando el ego ocupa todo el espacio disponible, cuando se pierde por completo la necesaria humildad, instancia que por principio incluye al otro, la experiencia de la vida se torna poco estimulante y pierde su sentido más valioso, la responsabilidad por la justicia. Entonces, auto-afección autocomplaciente y exaltación del nuevo dios; el individuo. Individuo frágil construido sobre los mitos de la no divisibilidad, la in-dependencia, la auto-suficiencia, ¿hay algo de humano en ello?


Todo esto no pretende ser más que un acicate para la conciencia de todos, puesto que todos contribuimos a caracterizar esta bacanal relativista, y una advertencia para mantenerse vigilante para no sucumbir al hedonismo indiferente. De lo contrario, el riesgo de terminar coleccionando dedales en miniatura es máximo, como lo es comprar una autocaravana con la que recorrer jovialmente la vieja Europa, al estilo Movie Road, por no poder, claro, cruzar el charco para visitar Ohio.


La satisfacción que la mercancía abundante ya no puede brindar a través de su uso pasa a ser buscada en el reconocimiento de su valor en tanto que mercancía: es el uso de la mercancía que se basta a sí mismo; y para el consumidor, la efusión religiosa hacia la libertad soberana de la mercancía. Olas de entusiasmo por un determinado producto, apoyado y difundido por todos los medios de información, se propagan así con gran intensidad. Un estilo de ropa sacado de una película; una revista lanza clubes, que a su vez lanzan diversas panoplias. El gadget expresa el hecho de que, en el momento en que la masa de mercancías se desliza hacia la aberración, lo aberrante mismo deviene una mercancía especial. En los llaveros publicitarios, por ejemplo, que no son ya productos sino regalos suplementarios que acompañan prestigiosos objetos vendidos o que se producen para el intercambio en su propia esfera, se reconoce la manifestación de un abandono místico a la trascendencia de la mercancía. Quien colecciona los llaveros que han sido fabricados para ser coleccionados acumula las indulgencias de la mercancía, un signo glorioso de su presencia real entre sus fieles. El hombre reificado exhibe con ostentación la prueba de su intimidad con la mercancía. Como en los éxtasis de las convulsiones o los milagros del viejo fetichismo religioso, el fetichismo de la mercancía alcanza momentos de excitación ferviente. El único uso que se expresa aquí también es el uso fundamental de la sumisión.”

Guy Debord, La sociedad del espectáculo.


Se da una suerte de seducción fetichista, acrítica, de algún modo resignada, que se manifiesta en no pocas ocasiones mediante la adquisición del “merchandising” de la teleserie de moda. Teleserie, por otra parte, específicamente diseñada para “parecer” ser una crítica a la sociedad y la banalidad pero produciendo una adhesión esteticista que internaliza el hecho presentado en su jovialidad y ocultando en la evidente doble dimensión de la ironía la tragedia explícita. Así, es frecuente e incluso una norma que forma parte del espectáculo mismo, la elaboración de pseudo-filosofías, expresión palmaria del empobrecimiento ideológico frikiko-nihilista, sobre películas en las que se intentan descubrir misterios ocultos.

Pensamos que el potencial es grande pero que es necesario cambiar el objeto al que señala. Poner la erudición, el tiempo, la energía y la inquietud más al servicio de los demás como partes de sí mismo; ni al propio, ni sobre los demás. En verdad hemos suscrito un contrato con la justicia de la que estamos sirviéndonos olvidando que sin ella nada somos.

El ser humano es sí mismo y la especie al mismo tiempo”. (S. Kierkegaard)


i Antes, señalar que si empleamos el término moral, lo hacemos con el afán de enfatizar en el hecho de que, en efecto y contra el irreflexivo entusiasmo liberal, hoy impera una normatividad dada, que lejos de liberar encarcela a quien inconscientemente la hace suya.

iiY si ya hemos perdido toda esperanza en cualquier movimiento universitario de reacción al mundo en crisis, más preocupante aún que dentro de la universidad, sea la facultad de filosofía reconocida por su fuerte adhesión a esta tendencia moral del “frikismo” (junto con los centros de informática, ingeniería, etc...)

iiiHay una soledad terapéutica, de acercamiento a uno mismo para luego llegar al mundo de los demás y de las cosas. Pero esta práctica solitaria de la que aquí hablamos es de naturaleza violenta, alienante y fragmentadora en un proceso de aislamiento e incomunicación constante de los demás.



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