CIUDAD TRÁGICA
publicado como editorial de SOLÏLOQUÏO C (Ciudad)

revista aleatoria de escrituras- idazkialdizkari aldakorra
Negua / Invierno 2007
TiTA/16, ISSN: 1885-9879




    ¿Cómo entender la ciudad?, ¿cómo abordar un fenómeno tan sumamente lioso, engorroso, laberíntico? y, sobre todo, ¿para qué pensar la ciudad?

    No cabe duda de que en los últimos tiempos, fundamentalmente con el desarrollo del siglo XX y sus acontecimientos, la ciudad se presenta como campo de batalla definitivo para el transcurso de las sociedades del mundo. Y esto por la doble situación de migración a las ciudades y la extensión de las mismas hacia el horizonte siempre desplazándose.


    Las primeras ciudades aparecen hace unos 10.000 años. Nacen en un momento en que la razón y la inteligencia empiezan a funcionar con respecto al mundo de una manera muy específica; como cazadoras, ordenadoras del medio. Desde el nacimiento de las ciudades primeras hay un orden social jerárquico y racionalizado, donde las labores y el tiempo se distribuyen con arreglo a criterios espaciales. La ciudad es originalmente una división del espacio para el trabajo. La ciudad pasa a definir el orden y el desorden; dentro la civilización y el proyecto, fuera lo salvaje y el desastre. En la historia de la ciudad y a lo largo de su desarrollos múltiples se establece un adentro y un afuera (extra-puertas). Dentro viven quienes gestionan y ordenan, fuera quienes trabajan para sostener esa misma ciudad. La ciudad manda sobre el territorio circundante (que alcanza el país) dominándolo y coordinando sus fuerzas en un curso común.

    En la ciudad original se quiere vivir bien. Ante un mundo incontrolable, cambiante, azaroso e irregular, la inteligencia creadora empieza por ordenar el suelo. Este se allana, se limpia diseñando un marco sobre el que cada cosa, cada objeto aparece claramente reconocible en el espacio. Se traza la cota cero. Sobre el suelo llano un arsenal de rincones diseñados para cumplir las funciones de una sociedad cada vez más difícil de entender y exigente en sus apetencias y necesidades. Aunque sólo sea con la revolución industrial que aparece el urbanismo como hoy lo entendemos (como mirada panóptica y privilegiada de corte científico), el proyecto planificado es intrínseco a la ciudad misma. El plan avanza junto con la ciudad. En ella se cristalizan las relaciones sociales, las jerarquías y las posiciones. La ciudad cosifica esa abstracción que es “la sociedad” definiendo en cada espacio, en cada cúmulo, cada resto, cada espacio, la estructura (o la desetructura) dominante. Todos los grandes poderes de cada tiempo, desde la aparición de las ciudades, se esfuerzan en prefijar el diseño del suelo urbano. El tejido de calles, caminos, plazas, edificios... con sus flujos y puntos fuertes responden a un artificioso proyecto de la mente y son la traducción concreta de las posibilidades ingenieriles y técnicas de las que en cada momento se disponen.

    Pero la ciudad desvaría, el pretendido orden se escurre entre los planos de la oficina de arquitectos. La ciudad se diseña, se planifica, pero también se resiste al plan. Las chabolas, el entramado de subsuelo, los espacios olvidados o incluso abandonados pasan a ser espacios con un gran margen para la libertad y la nueva posibilidad. Actúan como fichas vacías que permiten el movimiento total de un gran juego de cubos que alberga siempre la posibilidad de desplazarse hacia los lados. Las zonas de graffiti, los márgenes de las vías, las huertas “ocupas” con sus construcciones improvisadas, los Gaztetxes, los espacios omitidos y olvidados, pero incluso también espacios mucho más neutrales y desapercibidos en los centros mismos de las urbes, son los escenarios donde ocurren las nuevas formas que se resisten al Plan o contribuyen a desviarlo del ideal programado (hacia nuevos planes tácitos).

    La ciudad es clásicamente un espacio ordenado donde surge también, ya lo hemos dicho, un tipo específico de pensamiento; la ciencia y la filosofía. O quizás, ciudad y razón empiezan a despuntar en un mismo momento. La ciudad Griega como caso profundamente político, nos sirve como paradigma para pensar la relación del espacio social y el pensamiento racional. La ciudad-estado como proyecto que ante el desconcierto espacial del medio natural ordena, aclara y domina una porción desde la que construir un pensamiento racional.

    Los cambios que en los últimos tiempos ha sufrido el planeta entero (en la producción, en la economía, en las culturas) son inseparables de la gran protagonista que es la ciudad. Ahora todo se convierte en tejido-ciudad rompiendo en la absorbente extensión la dicotomía dentro-fuera. Solo hay mundo ordenado-mundo por ordenar. Este mundo, ha devenido en un mundo de control, sin posibilidad de réplica y televisado. La ciudad que en otro tiempo posibilitara el pensamiento racional se ve trágicamente avocada al fracaso en un mundo donde la razón anula el horizonte que ella misma había prometido. Es el reflejo socio-espacial de la trágica dialéctica de la ilustración. El pensamiento racional ha pasado de ser una promesa de emancipación a un pensamiento malformado y a medias donde todo se traduce, sólo, en dominación de las cosas. Donde las personas y sus vidas se han traducido a cosas mismas. La ciudad juega un papel importante (fundamental) en este proceso; es el Interfaz que a través del ordenamiento calculado del espacio posibilita este tipo de pensamiento y la posibilidad de llevar adelante su despiadado plan.

    Nuestra idea (desde ésta publicación) ha sido siempre plantear cuestiones que sean trasladables a la situación más global del resto de seres que habitan el mundo este, pero siempre mostrando una cercanía con nuestro(s) contexto(s) más cercanos y presentes en la actividad cotidiana. En el caso que nos ocupa supone mover la mirada desde la lejanía de las poblaciones y ciudades más pobres y humilladas, desde las grandes metrópolis como NYC, Tokio o París y traerla hasta nuestro espacio vasco. Porque es el nuestro un caso con características particulares al pensar en ciudad.

    El concepto mismo de pueblo se problematiza. Siendo un término que viene de un tipo de ordenación del espacio social tradicional, pasa a estar en crisis desde el momento en que los cambios culturales, técnicos, económicos, rediseñan el mapa geográfico despoblando el campo para llenarlo de ciudad. En el caso vasco, al tratarse de una porción minúscula de espacio, laberíntica por sus montañas y ríos, la ciudad se extiende avanzando por valles y caminos juntando pueblos con pueblos en un nuevo mapa de orden ingenieril y laberíntico. Porque ingenieros no nos han faltado nunca. Curas tampoco. Juntos han hecho las delicias de un modelo de ciudad totalizante sin más criterio que la efectividad productiva y el buen moralizar.

    En el paisaje vasco son mayoría las ciudades que nacen con interés militar o defensivo. Tampoco podemos entender el surgimiento de nuestras ciudades sin la función comercial. Esta pasa de ser una necesidad de subsistencia a convertirse en la absoluta regidora del mapa político y urbanístico. Los últimos tiempos y sus cambios atestiguan un nuevo diseño del espacio radicalmente distinto hasta el ahora conocido. Las infraestructuras de comunicación y transporte (aeropuertos, autopistas, trenes de alta velocidad, redes de fibra óptica, antenas de telefonía móvil, mapas de wireless, etc...) redibujan por completo el laberinto vasco en un nuevo mapa que nos habla de un mundo dominado por la economía, la tecnocracia, y el nuevo capitalismo. Estos cambios no han pasado desapercibidos para quienes han sabido mirar un poco. La ambigua idea de Euskal-Hiria de Atxaga es un claro ejemplo de ello. Al margen de los problemas que este concepto pueda implicar, es interesante el hecho de estar señalando el espacio vasco como espacio ciudad y no como espacio pueblo, o espacio salvaje. El orden-control de la racionalidad urbana se extiende entre los valles creando un tejido continuado de suelo-ciudad que se dilata entre los tradicionales pueblos y aldeas. Hoy es común vivir en Bilbao y trabajar en Donosti, dormir en Durango y salir a divertirse a Gasteiz, comer en Markina y tomar el café, a media tarde, en Getxo, etc...

    El espacio físico, como en un juego de muñecas rusas, se despliega en múltiples espacios internos donde uno contiene a otros. Y del cruce entre estos espacios físico-geográficos y los grupos sociales que los viven ocurren un similar juego de espacios sociales unos dentro de otros. Estos espacios sociales de la ciudad vasca de hoy son notablemente distintos a los del pasado (incluso cercano). Nuestras formas de vida hablan de ello. Todos los pretendidos opositores al nuevo orden mundial deben tenerlo en cuenta. No se trata de ninguna tontería. La creciente economía basada cada vez más en el "conocimiento", la información y el desarrollo de alta tecnología se logra a costa de deslocalizar las sucias y denigrantes factorías a países pobres. Nuestras limpias ciudades de titanio son la contramoneda de un mundo en crisis ecológica que se desbarata y el límpido cielo azul de una mañana de otoño será cada vez más una hermosa excepción. Nuestra forma de pensar, comunicarnos y nuestros comportamientos se alimentan del espectáculo omnipresente. El espacio vasco nunca había sido tanto España desde que compartimos la misma televisión y participamos de la misma imagen espectacular. La ciudad vasca neoliberal induce a formas concretas de comportamiento social y vida regulada. Explorar nuevas posibilidades en este marco pasa por reconocer primero la situación (olvidándonos de idílicas ideas de un pueblo vasco que ya no está, e incluso como idea está cada vez menos) y por arriesgar tanto como podamos en nuestro día a día. Sólo a través de la acción cultural y la crítica podremos encontrar alternativas viables. La asimilación acrítica de ideas como Euskal-herria, Euskal-herriak o Euskal-hiria sin oposición ni choque sólo podrán conducirnos a la asimilación de un Plan venido desde arriba. Y si decíamos que toda ciudad se resiste al plan al mismo tiempo que lo cumple, es nuestra obligación, direccionar esa oposición de manera experimental e intelectualmente activa.

    Toda ciudad contemporánea planificada esta repleta de “ruido”, donde su aspecto sonoro no es más que una parte del total y algo así como una metáfora. Es también en ese “ruido” donde se albergan las posibilidades no contempladas en el proyecto oficial.

    Toda vivienda (“modulor” habitacional) debe proyectar un tipo de ciudad, tal y como toda moral proyecta un tipo de política y orden social. A su vez toda moral-vivienda proyecta una política-ciudad. La ciudad contemporánea implica una moral desgarradoramente individualista, crematística, destructiva, competitiva y agresiva. La construcción sin medida de casas adosadas por todos los rincones de nuestro espacio, con las infraestructuras que eso supone, las carreteras, el deseo, confundido con derecho, de tener un coche por persona para vivir en la casita adosada a las afueras, no representan más que la punta de un iceberg de decadencia que todos tenemos la obligación de combatir, o, sino, defender abiertamente. El problema es que pocos lo combaten y nadie lo defiende abiertamente. Quienes deberían hacerlo argumentan no ser más que realistas que saben que las cosas no podrían ser de otra manera.

    Con este número pretendemos iniciar un pensamiento de la ciudad, para poder afrontar mejor y colectivamente el entorno en el que vivimos. O al menos empezar a generar un debate sobre ese nido de contradicciones y tensiones que es la ciudad.


Loty Negarti

http://www.gabone.info


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