Recuerdo
de niño cuando se despertó en mí el interes por
las obras de arte; o por esos objetos hechos sin intención
funcional y para provocar en el corazón sentimientos de
aventura y pasiones similares. Tendría muy pocos años.
Mis graves problemas de atención me impedían
concentrarme en lo que en clase se decía. Yo escapaba entonces
por la ventana, despegaba el vuelo para generalmente sufrir un
violento retorno, desagradable o traumático, chocando
con personas enfadadas, caprichosamente autoritarias encargadas de
nuestra educación...
Recuerdo
como un día pasó algo excepcional para mí.
Lo que en clase estaba ocurriendo despertó, por vez primera,
mayor interes que aquél otro mundo familiar intimo mío
que encontraba volando tras la ventana, escapando montado
sobre la desvocada imaginación de una persona recien venida a
este mundo todavía. (Mundo que termina siempre por decapitar
al niño para hacerlo digno del nombre de "Hombre").
Estábamos en clase de Arte. Una de esas clases de tipo
infantil. La profesora (de origen ingles recuerdo) nos hablaba
entusiasmada de la pintura romántica inglesa. Eso siempre
despues de habernos insistido hasta la saciedad sobre el valor del
arte en la cultura y sobre su papel en la trasformación de
cada época social. Y como ejemplo de lo que otrora fuera ese
fenómeno del romanticismo ingles nos hablaba entusiasmada de
un pintor apellidado Constable, del que ni yo ni el resto de niños
nada sabíamos. Según nos hablaba de su época,
según nos narraba las andanzas desde su nacimiento, durante su
crecimiento y hasta el fin de sus días, iba enseñándonos
intercaladamente imágenes de sus obras. Recuerdo que era
otoño. Un plomizo otoño que venía a refrescar el
paisaje verde lleno de bosque en el que estaba hundida como un hongo
nuestra pequeña escuela. El holor se incrustaba por mis
narices cuando salíamos a la calle, la humedad se hacía
notar sutilmente en las partes del cuerpo descuidadamente destapadas.
El paisaje se cerraba a lo lejos, en un cierre horizontalmente
difuso, con formas de ramas, prados y cielo. Estábamos en
clase despues de uno de aquellos recreos, el verano parecía
haberse borrado de pronto junto con toda su memoria y vivíamos
ya inmersos ese estado de caída esperanzadoramente vigorosa
que es el otoño. El caso es que de pronto, mi esquiva y
clandestina atención fue
secuestrada por una de aquellas imágenes de pinturas que
intermitentemente con su discurso iba enseñando. Era un
paisaje otoñal, gris, melancólico y profundo. Un río
de forma irregular entregaba sus aguas a un grupito de personas de
todas las edades que hablaban a su vera. Un gran sauce llorón
hundía las deprimidas ramas en vertical hacia el agua calmada.
Un cielo de claroscuro con nubes plagadas de matices desde el negro
más avismal hasta el blanco más lechoso y de retorcidas
formas curvas y abruptas. Nada especial parecía estar
sucediendo. Una estampa casi costumbrista de personas como en una
situación indiferente. Aquello era lo que me atraía
precisamente. La aparente ausencia de nada importante, su sutil vacío
envuelto en una triste melancolía de trabajadores descansando
un momento cualquiera entre labor y labor para fumar un poco de
tabaco y conversar sobre todo lo que por delante quedaba por hacer.
Esa imagen que de pronto acaparó todo mi mundo, que consiguió
apartarme del fantasioso y liberador paisaje de la ventana, contenía
para ofrecerme precisamente todo lo que yo buscaba más alla
del patio, al fondo en aquellos perdidos
árboles. El azar hizo que estuvieramos en otoño, y que
aquella imagen llegara a mí distraida retina de oídos
sordos con tal virulencia.
La cuestión es que después
iba sacando una tras otra, en cadena, similares pinturas del mismo
pintor. Todas ellas parecidas, y yo diría que prácticamente
la misma pero con pequeñas variaciones. En una un perro
ladraba junto a un carro, en otra sólo aparecían
mujeres, en otra trabajadores... etc. Pero todas ellas hablaban de lo
mismo y recreaban un oscuro mundo del corazón, los sutiles
dolores que un niño cualquiera podría experimentar más
de cien años despues.
Durante mucho tiempo aquellas
imágenes vivieron en mí, me sentí acompañado
por ellas en los momentos más tristes y amargos. Fué
durante años -e incluso hoy día- como si yo mismo
hubiera vivido aquellas situaciones, como si hubiera estado yo en
otro tiempo dentro del cuadro.
Pero a lo que quiero llegar es a
algo que me ocurrió años despues de vivir con aquellas
imágenes dentro tan felizmente. Ocurrió que, un día,
tuve la ocasión de visitar la Tate Galery de Londres. Había
olvidado casi ya a Constable y paseaba descuidado sin demasiados
prejuicios ni conocimientos sobre la colección del centro.
Tras salas y salas de la excelente pinacoteca británica de
pronto apareció ante mí una pintura extraña que
me obligó a detenerme. Encontraba algo familiar a la vez que
extraño en ella. Familiar porque tenía la fuerte
sensación de conocer aquella obra. Como esto es algo que
ocurre muy a menudo no le di importancia y seguí mirandola con
detalle. Pasé a leer los créditos de la obra y cual fue
mi sorpresa al descubir que se trataba de una pintura de Constable.
Al lector le estará pareciendo todo este relato una
trivialidad. Pero permitid que me explique mejor. Aquel cuadro
pintado original y auténtico (valorado por el mercado y
protegido por el museo) no me producía casi nada. Había
vivido parte de la infancia y la adolescencia con aquellas
imágenes en la retina, trayéndolas en cada ocasión
y ahora tenía ante mis narices un original que no me producía
nada. Entonces descubrí que lo que yo había visto no
eran las obras del autor, sino sus reproducciones reducidas en tamaño
y calidad de una xeroxcopia oscura y deformada de finales de los 80.
Lo que a mí realmente me fascinaba y removía por dentro
eran las pinturas de Constable pasadas por el filtro de la fotocopia,
oscurecidas, deprimidas.